¿Qué le pasa a la piel en invierno?

El invierno es, junto con el verano, la estación del año más dura para piel. Si la piel no ha podido recuperarse correctamente en otoño de los daños del verano o simplemente no tiene la capacidad suficiente para luchar contra estos cambios de clima, se impone un cuidado especial. Si no, la piel sufrirá, se fragilizará y envejecerá prematuramente.

Pero, ¿qué es exactamente lo que ocurre durante la estación fría?

Internamente, con el frío la microcirculación sanguínea se hace más lenta y llega menos nutrición y menos oxígeno a la piel. También se ralentiza la desintoxicación, con lo que los tejidos se cargan de toxinas. Por ambos factores, en invierno los metabolismos cutáneos tienden a bajar el ritmo, como si fuera un oso hibernando. Para compensar esta falta de nutrientes, debemos de buscar en esta estación una crema que nos aporte vitaminas, minerales, oligoelementos… pero, sobre todo, ácidos grasos esenciales, las grasas que permiten a nuestra piel reforzar su barrera.

Externamente, el ambiente se hace muy agresivo. Por una parte el viento y el frío van a crear “fisuras” en la superficie de la piel que no tenga suficientes lípidos naturales para protegerse de ellos. Es la sensación de piel muy seca, necesidad de ponerse una crema más “gruesa” o “grasa”. Es normal, con ese tipo de textura intentamos compensar nuestras carencias naturales para luchar contra las inclemencias del tiempo. Hasta las pieles grasas pueden sufrirlo si el clima es extremo. De ahí que el mejor hábito que podamos tener es cambiar de tipo de crema cuando llega el invierno hacia una textura más confortable, una textura que sin dejar la piel grasa aporte un “abrigo” para la piel.

Además, no podemos olvidar los cambios de temperatura a los que la piel está sometida en estos meses: del interior con calefacción al exterior frío… También influye la tendencia a comer más caliente, incluso más picante, a tomar vino tinto… Estos factores van a tener consecuencias nefastas directas para la piel: los capilares se dilatan y pueden dar lugar a rojeces, couperose, piel caliente… Si no protegemos correctamente la piel de estos cambios de temperatura, el problema avanzará y lo que son unas rojeces ligeras al principio que desaparecen rápidamente al llegar la primavera, se convertirá en una rojez permanente que será muy difícil de camuflar y que acompleja a tantas mujeres. ¿Y qué tipo de protección requiere el invierno? Una protección antioxidante y anti-choque térmico en una textura tipo “cashmere” que envuelva la piel y la aísle de su entorno.

Y no olvidemos a las pieles que viven en sitios cálidos y que, de un día para otro, pasan del calor al frío de la alta montaña, porque van a esquiar. En estos casos hay que reforzar las medidas, porque no ha habido un proceso de adaptación y los efectos en la piel pueden ser más drásticos.

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